Pedro Rojano

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No queda nada de lo que fue nada. (Era ilusión lo que creía todo y que, en definitiva, era la nada.)VIDA (José Hierro) 

June se acerca a los cuatro cristales simétricos de la ventana. Del otro lado, la lluvia araña el cristal. Zen aún no ha llegado. En el horizonte, la playa se sumerge en un mar rabioso de temporal. Salta hacia dentro y hacia fuera como el muelle de una sorpresa: los infinitos brazos espolvoreados al cielo. 

June está aleccionada en antiguos consejos. No se atreve a salir y contempla el ir y venir del océano con finito y resignado detalle. Observa la realidad sin palparla. ¿Dónde queda la aspereza de la arena tibia? ¿ y el ondulado tacto del agua? 

June apoya sus dedos en el cristal. 

 

Lo primero que llama la atención en la obra de Gema del Pino es el color, que actúa como la tela de una araña de siete extremidades tan venenosa como un encantamiento. Tan atrayente como un puesto de saris en un callejón de Jaipur. Es el color el primero en captar tu mirada, en distraerte con su afrodisíaco vaivén. Para Gema, la vida que hay detrás de nuestros grises apagados, del asfalto diario, de los azules desvaídos de las fachadas, está llena de un color fuerte y enérgico del que estamos compuestos o descompuestos. Esos colores inflaman toda su obra.

Acercarse a uno de sus cuadros es como encontrarse con una ecuación infinitesimal, un problema de álgebra. La vista tropieza con geometrías perfectas que definen composiciones rectilíneas o curvas cruzándose en un espacio delimitado por los batientes del lienzo.

Llegar al cuadro supone enfrentarse contra ese argumento matemático: equilibrado y distante. Equilibrado por la unión perfecta de sus vértices o tangentes, por sus transparencias exactas; y distante por su apariencia imposible tendente al infinito.

Pero tal planteamiento no debe ser motivo de zozobra, porque para Gema, la geometría viene a servir como sutil interrogante que desentraña numerosas cuestiones acerca del punto de vista con el que la artista interpreta el universo. En toda su obra, la geometría pretende abandonar su exactitud y los volúmenes despiertan de su dimensión visual, para transformarse en texturas rugosas, licuadas, ásperas, onduladas o tan lisas que atraen al tacto. Las preguntas se materializan en puntos de vista diversos que parten del análisis que hace la artista de una realidad aparentemente geométrica. Una concepción visual que, como aquellos vértices y tangentes, adquiere el volumen de los sentimientos que subyacen en las yemas de los dedos.

Al alejarse de la obra de Gema, uno almacena sensaciones en la dimensión del recuerdo, deja la  vista argumentada con la esencia de otros sentidos. Restaura el color perdido. Se incorpora de nuevo a su realidad extrañamente modificada; una realidad que se infla o desinfla dependiendo de la capacidad volumétrica de la vista.

Gema del Pino nos invita a esa forma de zambullirse en lo cotidiano.

 

Pedro Rojano